PABLO VI EN MI MEMORIA

 

Programa de radio en el 104 aniversario del nacimiento del Papa Pablo VI


Introducción.

...¿Que si me gusta hablar y escribir de Pablo VI? Claro. ¿Me preguntáis por qué? Lo sabréis al final del programa si tenéis la amabilidad y la paciencia de seguir esta emisión de Onda 6. Pero Pablo VI fue un Papa... así es. Pablo VI fue un Papa y yo voy a hablar de él, voy a hablarte de él, desde mi recuerdo, que es lo mismo que decir desde mi vida. Hablaré siempre en primera persona y no recurriré a más fuentes que a la cinta de mi pasado en su estado actual de conservación. En principio, ignoro ese estado de conservación. Quizá el tiempo haya hecho estragos en ella. Quizá me encuentre con lagunas, con desgarros, con largos períodos ilegibles, con alteraciones de eventos, con confusión de imágenes... ¡quién sabe!, iremos viendo. En ningún caso acudiré a documentos, a libros, a juicios o valoraciones ajenos. En ningún caso renunciaré a mi memoria. La memoria será mi guía a trueque, incluso, de imprecisiones, de errores menores o de omisiones graves.

Hablar de Pablo VI en mi memoria me remite, y te remite, oyente, a los años sesenta del siglo XX. Hablar de Pablo VI nos traslada a una década dorada y brillante, tal vez la más brillante del recién consumado siglo. Y si no fue brillante, fue, en todo caso, una época de inquietud y renovación, de apertura, de creatividad y de libertad, de alegre y optimista innovación..., de nuevos horizontes, de nuevas fronteras. Pero también de grandes conflictos y convulsiones sociales. Cuando regreso a los años sesenta, vuelvo a los primeros años de mi juventud. Aquel tiempo en que mi corazón solamente albergaba ilusiones. Aquel tiempo en que mi mente solamente engendraba proyectos. Aquel tiempo en el que yo solamente perseguía el bien. Años sesenta, con mi salida de España y mi llegada a Roma, con mi paso por la Universidad y el principio de mi quehacer en la vida, en el campo de la enseñanza.

Porque Pablo VI accedió al Solio Pontificio en junio del 63. Meses más tarde, en octubre, inicié yo mi periplo en la Ciudad Eterna, en Roma. Poco antes había muerto el "Papa bueno", Juan XXIII. Días después fallecía, en atentado, John F. Kennedy, primer presidente católico de los Estados Unidos de América. Ellos habían sido, al principio de la década, los paladines o abanderados de la "Nueva frontera". El presidente se había partido el pecho a favor de la igualdad de derechos del mundo negro en América, y se dejó la vida en el intento. El Papa había reunido a obispos y teólogos en Roma para ofrecer al mundo una "Iglesia sin mancha ni arruga", y también él dejó la vida en el intento. Pablo VI, el cardenal Montini, llegó tras ellos para llevar su obra a término. Venía de Milán, donde era arzobispo, y traía a sus espaldas un largo pasado vaticano en la Secretaría de Estado junto a la egregia figura del papa Pacelli, Pío XXII. Cuando la triple corona, la Tiara, ceñía por primera vez las sienes del nuevo Papa, en los receptores de radio sonaba música de los Beatles. En aeropuertos y conciertos, se desmelenaban las jovencitas delirantes y rasgaban sus blusas, se agitaban, se tiraban por tierra... en el delirio colectivo que provocaban aquellos melenudos geniales. Cuando Pablo VI abrió su pontificado, hervía, en las universidades europeas y americanas, el caldo de aspiraciones y revueltas que coció el "Mayo del 68" francés, término y cima de aquel proceso convulso. Cuando Pablo VI fue Papa, crecían, en Europa y América, los grupos hippies y libertarios, lectores de Nietzsche y de Marcouse, recitadores de salmos, contempladores del sol en el lago de Como, amantes de la naturaleza y extranguladores de una sociedad, en su opinión, instalada en los convencionalismos y nutrida de farsas y apariencias. Cuando Pablo VI apareció en la Logia de San Pedro para impartir su primera bendición "Urbi et Orbi", los Estados Unidos de América hacían la guerra en Vietnam y los soldados morían o contraían extrañas enfermedades que, con el tiempo, abrieron un filón inagotable al cine comercial de Hollywood. Y, también con el tiempo, cayó Martin Luter King, el pastor pacifista, y cayó Robert Kennedy, en su camino hacia la Casa Blanca, y tuvo lugar la "Guerra de los Seis Días", que abrió el proceso de hostilidades que todavía hoy se mantienen en el Oriente Medio. Entonces, las chicas vestían minifalda y mucha gente, en España, bailaba la Yenka.

Así iba el mundo, en la síntesis actual de mi recuerdo por aquellos años sesenta cuando el arzobispo de Milán, el cardenal Montini, cambiaba su nombre de pila, Juan Bautista, por el de Pablo VI y era proclamado Papa, el primero de los obispos en la sucesión de los apóstoles. "Primus inter pares", "el primero entre iguales".

Pablo VI, un hombre.
No era un dios; tampoco era un héroe, Pablo VI. Aunque el tiempo lo acercó al heroísmo: al heroísmo de su fe y al de su fortaleza moral y física. Pero era un hombre. Lo vi, por primera vez, avanzar hacia el "altar de la confesión" por la nave central de la Basílica de San Pedro. Mi retina filmaba los detalles de aquel cortejo singular y novedoso. El Santo Padre iba envuelto en el esplendor de sus vestiduras pontificales sobre la "silla gestatoria". Lo portaban cuatro miembros de lo Guardia Noble, engalanados de pies a cabeza. Toda una parafernalia de emblemas, estandartes, cirios, cruces, clérigos, curiales , obispos, cardenales...abrían y cerraban el cortejo. Los fieles llenaban los palcos del aula conciliar y las tribunas. Y aplaudían enardecidos, transportados. Pero él, el hombre, se dejaba llevar ensimismado, tímido, asustado, temeroso, ajeno a la magnificencia del ceremonial y a la expectación que suscitaba. Entreabría los ojos de tanto en tanto y trazaba en el aire breves signos de Cruz con la mano derecha o saludaba con un gesto rápido de sus manos. Sabía que no era un dios, sino un hombre en la concretez de sus dimensiones físicas, mentales y espirituales. Pero un hombre de personalidad fuerte, recia, ascética.

Pablo VI, un hombre, inteligente.
Era muy inteligente Pablo VI. Todo mundo lo decía en Roma y fuera de Roma. También me lo parecía a mí cuando lo veía, cuando lo oía. Y poco a poco se hizo convicción en mí que la inteligencia del Papa era, fundamentalmente, finura y rapidez mentales. Su mente era como un bisturí de filo imperceptible capaz de distinguir, con claridad, ideas y conceptos, actitudes y posiciones, acciones y comportamientos que a la mayoría nos parecen iguales o nos dan lo mismo. Y la finura mental se hacía elegancia de porte en sus ademanes y en sus gestos. Elegancia espiritual, propia de un espíritu selecto. Elegancia física, propia de hombre cultivado y detallista. Pero, sobre todo, el suyo era , para mi, un intelecto rápido, veloz, intuitivo. En efecto, tenía intuiciones geniales que daban eficacia de impacto a sus intervenciones. Disponía siempre de la palabra adecuada, tenía ocurrencias imprevistas, sorprendía con gestos inesperados. ¡ Lo aprecié tantas veces!, en el contacto directo con la gente, en sus visitas a parroquias y barrios marginales de Roma: en el Testacio, en Castelbertone, entre los ferroviarios en la Navidad del 64... La televisión difundió por el mundo entero la imagen del Pontífice levantando y acariciando con sus manos un corderillo blanco que acababan de regalarle...Su condición de Pastor, de buen Pastor ya estaba plasmada, ya no requería explicaciones y razonamientos.

Pablo VI, un hombre, inteligente, problemático.
No era todo luz, sol y claridad; no todo era paz, sosiego, seguridad y certeza en Pablo VI. El Papa también dudaba. También su espíritu experimentaba fuertes tensiones y era presa de la inquietud. También él pasaba túneles y atravesaba extensas zonas sombreadas. Se apreciaba en el estilo vivo y palpitante de su discurso cargado de preguntas, de restricciones, de posibilidades, de insinuaciones, de hipótesis. Empleaba sistemáticamente la pregunta retórica, la interrogación formal, expresiones como acaso, quizá, tal vez, no siempre, puede ser que, parece... Seguí, con suma atención, una intervención suya en la Universidad Gregoriana de Roma. Se trataba de la lección magistral que abría el curso 64-65 Yo me encontraba hacia la mitad de una escalinata, apoyado contra el pasamanos. El Pontífice desgranaba su discurso intenso, profundo, prolongado, sentado varios metros más abajo. Hasta que se cortó su voz ahogada en un estruendoso aplauso. "Se ha hecho...preguntas", me susurró un estudiante de color que estaba a mi lado. Y me dijo el número exacto que su curiosidad lo había llevado a contar. No recuerdo cuántas, pero, eran tantas que yo mismo me sorprendí a pesar de haber escuchado sin perder rípio.

Pablo VI, un hombre, inteligente, problemático, valiente.
Era así Pablo VI, pero decidido y valiente, casi arriesgado. Pudo tener sus temores y sus miedos pero, lejos de acoquinarse o de arrugarse, lejos de esperar agazapado a la defensiva, sorteó escollos, emprendió singladuras, abrió rutas, superó riesgos y temores, marchó hacia metas nuevas espoleado por su condición de Cabeza visible de la Iglesia, de Vicario de Cristo, por el deber y el compromiso adquirido el día en que aceptó ser sucesor de Pedro. La muerte de Juan XXIII había proyectado sobre el Concilio Vaticano II la duda de su continuación. La primera sesión se había iniciado con la ilusión de un viaje de placer. Los padres conciliares, contagiados de la alegría y la sencillez infantil del Papa Bueno, se las prometían muy felices al comienzo del otoño romano de 1.962. Algunos debates en el aula, consenso generalizado, fraternidad y entendimiento, la bendición papal y para casa. Pero, y también casi desde el comienzo, apareció claro que las cosas no iban a ser tan simples. El Concilio cobró vida propia de inmediato, ser propio, dinámica y personalidad propias. Una personalidad tractora y absorbente que no resultaba de la suma de las personalidades singulares de sus miembros. El Concilio puso ante los ojos atónitos de muchos Padres, problemas y contradicciones, tensiones y diferencias, no meramente de forma sino de fondo, que afectaban seriamente a la vida de la Iglesia. ¿Se atrevería el nuevo Papa a proseguir los trabajos conciliares? Ésta era la pregunta en el verano del 63. Y no pocos ponían la cruz en la casilla del no. Pero el nuevo Papa marcó el sí sin titubeos. Y el Concilio continuó.

Reestructuró las comisiones, nombró nuevos presidentes para algunas de ellas, introdujo una nueva dinámica en los debates de aula, incorporó a las mujeres como auditoras y, sobre todo, multiplicó sus intervenciones personales manteniendo el equilibrio y la equidistancia entre planteamientos extremos, entre los más progresistas y los más conservadores. Años más tarde vería quebrarse el equilibrio por ambas alas. Las excomuniones del obispo Lefévre y del filósofo conciliar Girardi, son un exponente. Creó el sínodo de los obispos, para la aplicación del Concilio, dio entidad y autonomía a las Conferencias Episcopales e internacionalizó la Curia romana, hasta entonces casi parcela privada o coto de la iglesia italiana.

Era valiente Pablo VI. Por eso, un día, decidió acabar con el sofisma dialéctico que distinguía entre guerra justa e injusta. En aquel momento, los Estados Unidos estaban inmersos en la nefasta, absurda e irracional guerra de Vietnam. Buena parte del episcopado americano, con el famoso cardenal Spealman a la cabeza, la apoyaba. Pablo VI había conseguido una tregua para los días de Navidad y de Año Nuevo. Así que, un día, llegó a la sede newyorkina de las Naciones Unidas y, ante todos los delegaados y representantes, defendió y proclamó que toda guerra es injusta. Y se alió definitivamente con la paz. Y a su regreso, la juventud lo vitoreó y aclamó como a un héroe.

Pablo VI, un hombre, inteligente, problemático, valiente, piadoso.
Las pariciones públicas de Pablo VI, en aquellos años, eran siempre ruidosas y multitudinarias. El público gritaba y aplaudía incansablemente. Parecía imposible sustraerse al estruendo y al alboroto. Pero el Papa se recogía, se replegaba sobre sí mismo con absoluta naturalidad y se ponía en oración. Rezaba de rodillas con el tronco erguido, las manos juntas, los ojos cerrados y la cabeza ligeramente inclinada sobre el pecho. Permanecía inmóvil, casi ingrávido, como si entrara en otra dimensión, como si realmente tocara físicamente la divinidad. También rezaba en voz alta, con la colectividad. Entonces lo hacía despacio, con calma, saboreando las palabras, recalcando su sentido, como hablando con Dios. Pablo VI era piadoso: se dirigía constantemente a Dios y a la Virgen, a la que proclamó madre de la Iglesia. Sus misas no me impresionaban por la solemnidad del ceremonial sino por la vivencia de la función sacerdotal del celebrante. Un domingo de marzo de 1.966 celebró su misa dominical para doscientas personas en la Capilla Sixtina. Entró como un párroco en su iglesia, silencioso, callado. Caminó hasta el fondo y se arrodilló ante el "Juicio final" de Miguel Ángel. Oró largamente en silencio, después se revistió e inició la misa sin maestros de ceremonias, ni organista, ni coros...sólo con su monaguillo. Entonó los cánticos, hizo las lecturas, dirigió las plegarias, tuvo la homilía...y llenó la capilla de un halo de trascendencia, de sublime emoción, tal que parecía que los frescos del Juicio y de la Creación cobraban vida y participaban del sacrificio. Dio gracias al terminar y, entonces, como si despertara de un sueño, como si regresara de otra esfera, se tornó comunicativo y locuaz. Nos saludaba, nos estrechaba la mano, nos preguntaba y contestaba a nuestras preguntas, dialogaba con la sonrisa en su rostro en el que siempre se dibujaba un rictus de preocupación. Algunos de los asistentes a aquella misa creyeron, por momentos, haber visto y tocado a Jesucristo en persona. Y que ese Jesucristo era el mismo que, el día de Viernes Santo, hacía el viacrucis por el Palatino con una enorme cruz de madera en las manos.

Pablo VI, un hombre, inteligente, problemático, valiente, piadoso, sensible.
Me pareció a mí, desde el principio, que tras aquel semblante de intelectual sobrio y austero, quizá adusto, tras aquella fisionomía un tanto pitagórica, latía un corazón nostálgico, forzosamente solitario. Me pareció que aquella soledad no era lejanía, ni orgullosa autosuficiencia, ni engreída afectación, ni síndrome de santidad eremítica. Me pareció que aquel hombre no estaba lejos de los hombres sino a su lado. El tiempo me convenció que, como el clásico griego, "era hombre y nada humano le era ajeno". Lo vi exultante por el éxito cuando regresó de su viaje a la India y, con turbas de jóvenes, corrí desde el aeropuerto a Roma al ritmo del coche papal. Roma entera lo esperaba. Dos estelas humanas unían Fiumicino con la Plaza de San Pedro, que rebosaba. El pueblo lo aclamaba como a un emperador triunfante. Su corazón palpitaba a ritmo de vértigo, la emoción empañaba su voz: "id a casa y decid a vuestros hijo y a vuestros padres que el Papa los ama y los bendice". Y sufrió la soledad, padeció el fracaso. Lloró la muerte de su amigo Aldo Moro, cuya vida pidió a Dios y a los secuestradores. Pero las brigadas rojas decidieron su muerte y entregaron, en el maletero de un coche, el cuerpo mutilado. Soportó el dolor de comprobar que al Concilio no seguía una primavera para la humanidad sino guerras en África, en Asia y en Medio Oriente, que no florecían las vocaciones sacerdotales sino que se despoblaban los seminarios y muchos sacerdotes, incluso grandes teólogos conciliares, optaban por la secularización.

Sufría y era sensible al dolor humano, especialmente al dolor de los pobres. Acudió a África y a la India para estar con ellos. Por entonces, la India padeció una sequía pertinaz durante cuatro años y la hambruna se extendió por el país como brisa mortal. La ayuda del Vaticano fue la primera y Pablo VI puso a subasta la triple corona de Pontífice Máximo, la tiara que nunca más en adelante ciñó él ni ninguno de sus sucesores.
El hombre afectuoso y solidario, el hombre tierno y comprensivo fue, a la postre, un mártir de la soledad y de la incomprensión dentro de la Iglesia. Al fin no contentó ni a vanguardia ni a retaguardia y fue atacado, con furia, desde ambas posiciones. El corazón de Pablo VI sufrió la tortura del abandono dentro de la Iglesia a la que aquel sacerdote amó apasionadamente. Y lo que en otro hubiera sido indiferencia estoica, en él tomó la forma de paciencia y caridad cristianas. Pablo VI, mártir, esto es, testigo real del valor redentor del sacrificio.

Una palabra de Pablo VI.
Yo leí escritos de Pablo VI y aún los leo. Su estilo es incisivo, penetrante, y su lenguaje preciso. Discursos, encíclicas...revelan al teólogo y al pastor que había en él. Pero más que leerlo me gustaba escucharlo, escucharlo en italiano y en latín. Su voz cadenciosa y sostenida llegaba nítida al oído como un río de aguas claras y serenas. Su voz llenaba la Basílica de San Pedro y se perdía en la enorme cúpula de Bernini. Su voz inundaba la plaza vaticana, la vía de la Conciliación y flotaba sobre el Tíber y las azoteas de la Ciudad Eterna. Acentuaba las preguntas, fragmentaba los párrafos, enfatizaba los términos más significativos. Recuerdo el tono, el timbre, la entonación de su voz de tal manera que, aún hoy, la reconocería en cualquier lugar del mundo en que la escuchara, e incluso podría imitarla. Muchas palabras eran recurrentes en su lenguaje, pero hay una cuya imagen acústica sigue resonando en mi oído con la misma frescura y novedad que si terminara de ser pronunciada. Siempre que la uso yo o la dice otro, suena en mi interior, en latín o en italiano, como la decía Pablo VI. Y es que él la articulaba de tal forma, la revestía de tal empaque, que más que pronunciar una palabra parecía expresar el anhelo más profundo de su corazón. Diciéndola, me parecía a mí, me parece, que el Papa no hablaba, vivía, y que en ella vertía todo el caudal humano de su alma, la síntesis suprema de sus deseos y de sus aspiraciones. Es una palabra de dos sílabas, en italiano; también el latín tiene dos sílabas en el acusativo y ablativo singular, que son los casos en que yo la evoco. Él acentuaba la primera sílaba, introducía una ligerísima fisura entre las dos y prolongaba la segunda hasta terminar en un susurro que sólo la megafonía hacía audible. Así la pronunciaba en sus misas antes de la comunión. Así la dijo el 8 de diciembre de 1.965, en la plaza, ante los padres conciliares, auditores, invitados, cuerpo diplomático...ante el pueblo de Roma, ante el mundo y ante mí que estaba allí, perdido, cuando nuestro universo gravitaba sobre aquel punto telúrico y el espíritu se condensaba en el aire hasta percibirlo físicamente. Fue la última palabra de la última frase de la ceremonia que clausuró el Concilio. Pablo VI, mitrado, solemne, conmovido, exclamó con los brazos en alto: "in nomine Christi, ite in pace". "En le nombre de Cristo, id en paz". Esta es la palabra: paz, pace, pacem, in pace.

El adiós a un Papa.
El 6 de agosto de 1.978 fue domingo. En la ciudad de Ginebra, a orillas del lago Leman, el día amaneció despejado y caluroso. El calor fue intenso y asfixiante durante toda la jornada. Oí misa en la ciudad de Rousseau y, pasado medio día, me puse en marcha hacia el famoso túnel del Mont Blanc que, a más de 2.000 metros de altura, comunica Francia con Italia. Sobre el túnel, la montaña era una enorme masa de nieve en pleno deshielo. A media tarde pasé el túnel e inicié el descenso por el valle de Aosta entre las aguas bravas y caudalosas del Dora Baltea, afluente del Po, y las continuas advertencias de desprendimientos desde los enormes picachos rocosos de los Alpes. Tenía un plan preciso para los próximos días y le daba vueltas mientras conducía mi 2cv, LE.8765-E, por aquellos parajes terroríficamente sublimes: dormir en Treviglio, llegar a Venecia, tras breve visita a Padua. Continuar viaje hasta la entrañable ciudad de Siena, pasando por Florencia, el monumental feudo renacentista de los Médicis. Miércoles por la mañana en Roma y subida a Castel Gandolfo. Quería asistir a la audiencia general de los miércoles en la residencia papal de verano. Tenía verdaderas ganas de volver a ver al Papa cuyo itinerario había seguido desde el principio, unas veces de cerca y otras de lejos. Quería verlo, quería asomarme al lago Albano y recorrer los idílicos parajes de sus riberas. Quería hacer memoria de la Roma clásica y, de regreso, saborear el vinillo de los "Castelli Romani" en Frascati. Tales planes revolvía en mi cabeza cuando entré en Milán, tan ligado a la vida de Pablo VI. Caía la noche sobre la capital lombarda. Crucé la plaza de la catedral nimbada de pináculos góticos. En aquel momento preciso, fallecía Pablo VI, solo, en su habitación de Castel Gandolfo. Lo supe al día siguiente, lunes, a mi llegada a Venecia. Después de instalarme en el hotel me senté a orillas del gran canal para tomar un aperitivo. Observé, con incredulidad, que todos los diarios del kiosko tenían el mismo titular: "Il Papa è deceduto", "El Papa ha muerto". Leí que, al atardecer del domingo había pedido a su secretario que celebrara una misa en la habitación. Acabada la misa, se recogió en oración. El secretario abandonó unos minutos la estancia y, cuando regresó, el Papa era cadáver. No se esperaba. El propio presidente de la República, Sandro Pertini, no salía de su asombro: "estuve con Pablo VI aquella tarde y, aunque el Papa parecía fatigado, nada me hizo presagiar aquel desenlace".

Yo salí para Roma el martes. Dormí en Siena y, el miércoles a mediodía, entré en Roma por la vía Cassia. Me acomodé en Via Marsala, junto a la estación Termini. Movido por una especie de deber o por una suerte de fidelidad a una anónima amistad en la distancia, acudí a la Plaza de san Pedro. Sobre las 4 ó las 5 se estacionó un furgón fúnebre a la altura de la escalinata. Las campanas doblaban, la columnata de Bernini abría los brazos acogedores. Casi no había público. Un sacerdote rezó un responso y unos empleados introdujeron el féretro en la Basílica. Tras él se cerraron las puertas. La gente pedía entrar, pero no se permitía la entrada.

Siguieron los días de luto, de interminable desfile ante el cadáver. Yo pasé varias veces y medité largamente. Quince años de pontificado. Quince años paralelos de mi vida. ¡Qué coincidencias! El Papa muerto no impresionaba. Los ornamentos rojos me recordaban el martirio de su papado. De su cara había desaparecido el rictus de preocupación que tan a menudo observé en vida. Estaba sereno, cercano, como plácidamente dormido: descansaba. No cabía duda, Pablo VI había alcanzado su plenitud personal como miembro de la Iglesia a la que había amado y servido. Pablo VI había entrado en el reino de la paz. Reencuentro con la paz. Definitivamente la paz. Pero la paz ya no estaba en su palabra enmudecida para siempre; la paz ya no era verbo. La paz emanaba de su rostro, reposaba en él como paloma sobre manto de nieve.
Las honras fúnebres fueron solemnes. Yo las seguí como casi siempre quiso la suerte: anónimo, perdido entre la muchedumbre, sin ser jamás masa. Al atardecer de aquel día, subí al 2cv, bordeé la muralla vaticana, eché una última mirada sobre la cúpula dorada por el sol poniente y me alejé de Roma. Adiós, Pablo VI, descansa en la paz de los justos. Allí quedaba el Papa que prefirió amar a ser amado, servir a ser servido.


A Rúa, septiembre 2.001
Federico Prieto Fernández