Hace unos días,
con motivo de VALDEARTE, se encontraron en la Casa Grande un escultor
de O Barco y un profesor de A Rúa. El profesor admiró
al escultor y se lo hizo saber:
- ¡Sois geniales,
los escultores!. A un tronco de árbol seco sois capaces de inyectarle
sentimiento humano. Es impresionante.
El escultor agradeció
el cumplido y sin pavonearse en la espuma de la vanidad lo devolvió
en la misma altura:
- ¡Los geniales
sois vosotros, los educadores! Si sois capaces de inyectarle sentimientos
humanos a un niño, aunque sólo sea a un niño, sois
geniales. Yo trabajo con madera o piedra. Vosotros trabajáis
con la libertad.
- Vosotros, los artistas,
dais a la materia toda la impresión de ser vida, le dijo el profesor
de A Rúa. Una vez le dije adiós a un muñeco amarillo
en una autovía pensando que era un hombre.
- Pues yo otra vez,
al revés. A un obrero vestido de amarillo indicando precaución
con un paño rojo para arriba y para abajo, casi me lo llevo por
delante pesando que era un muñeco.
Y continuando la conversación
con retruécanos de este jaez y adentrándose en hondos
pensamientos sobre lo difícil que es llegar a ser una persona,
o lo difícil que es ser padre y educador, encontraron un gran
parecido entre esculpir una estatua y educar a un niño. El profesor
visitó una tarde el taller de Gelo y el escultor visitó
otro día el Colegio Pablo VI. Y de aquel encuentro y de estos
intercambios sacaron 7 puntos comunes a un escultor y a un educador.
De los cuales por falta
de espacio sólo diremos cuatro.
1º.-
Se trata de una obra de arte.
Tanto una escultura
bien hecha como un niño o niña bien educados, no salen
por casualidad. Hay detrás firme voluntad de realizar lo que
se está realizando. Quien confunda crecer con educarse, puede
llegar a pensar que no hace falta educarse, que uno llega a ser persona
a base de años, comida y dinero. La naturaleza se encarga del
cuerpo, y de lo que no es cuerpo se debería encargar la "sobre-naturaleza",
es decir los padres y educadores.
La naturaleza da la
calidad de la piedra, la expresión es cuetión del artista.
La naturaleza da kilos dimensiones al niño, también belleza
o rasgos estéticos. Pero más de ahí, ya no. Le
corresponde a la "sobre-naturaleza".
2º.-
El artista no puede olvidar su obra.
Pasan días y
días y la obra está en la mente del artista. Y la ve desde
todos los puntos, por eso gira entorno a ella. No se conforma con verla
desde un sólo ángulo. Y todos los aspectos o rasgos le
son importantes: la expresión de la mano, el vestido, la altura
en el mirar, la posición del pié y los útiles que
le adornan.
El padre y la madre
artistas de un niño o de una niña la ven desde todos los
puntos de vista: no sólo le valoran las notas, sino las lecturas,
las amistades, las costumbres, los modales en el comer, saludar y jugar;
cuando pierde y cuando gana. Si el artista está muchas horas
con una estatua, los buenos padres están muchas más con
sus hijos, para educarlos en todos los puntos de vista. Y tal vez educar
consista en esto: en estar con ellos. Decía mi abuela, que era
quien cuidaba la huerta, que la bota del dueño es el mejor abono
del huerto. Y mi abuelo, que andaba más con los rebaños,
le respondía "el ojo del amo engorda al ganado".
3º.-
La escultura se hizo quitando más que poniendo.
Clásica es la
respuesta de Miguel Ángel cuando se le preguntó de dónde
había sacado el Moisés. "Estaba dentro, dentro del
bloque de mármol. Yo no le puse nada. Sólo le fui quitando
lo que le afeaba". El padre y la madre, educadores artistas, saben
que la perfección de su hijo o su hija consiste como en la citada
estatua: quitar lo que le afea. No en poner si no en quitar. Cuántas
veces erróneamente piensan algunos padres que la educación
consiste en dar cosas y más cosas: primero un monopatín,
luego una bici y más tarde una moto. Los padres artistas saben
que lo difícil es estimularles a unas costumbres de trabajo,
de obediciencia cuando no lo ven claro, de respeto ante todos y de amor
a familiares, de gratitud; que es lo mismo que quitar las malas caras,
las feas contestaciones, los caprichos egoístas y los celos absurdos.
4º.-
La escultura final es muy engañosa.
Esa chispa final, ese
sabor de gloria en el éxito, ese triunfo de un instante llama
la atención a chicos y padres. Miran para ahí, para el
momento final; nos hacen mirar ahí. Sólo los padres artistas
hacen mirar a sus hijos al proceso que desemboca en ese momento. Ese
momento es la veleta, es la punta del icerberg, ese gol que repiten
las cámaras, esas oposiciones logradas, ese puesto, esa obra,
ese... esa es una meta, es el final de una etapa, de un recorrido, de
muchas horas de entrenamiento, de soledad, silencio, trabajo, constancia
y esperanza de que llegará ese momento que parece que nunca llegará.
Pero es más largo el camino que la meta, más bonito el
esfuerzo que el limpiarse el sudor final. La veleta es alta porque hay
una torre. Ya ni tiene importancia. Descorrer el paño que oculta
la estatua el día de la inauguración, ni tiene importancia,
aunque socialmente es el día más importante.
El profesor quedó
observando una estatua de mármol pensando que era real y el escultor
al verlo así pensó que Rodín había trasalado
para allí su famosa estatua.
Jerónimo Martínez
Franco
Director del Colegio
"Pablo VI" de A Rúa.
(Publicado
en "O SIL", el 12 de julio de 2001)